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Que amarga me sabe la primavera

Me voy a terminar rompiendo, es por el sonido de mis pasos, el eco de mi respiración, es porque a lo lejos solo escucho distancia. Es porque pienso que mientras yo estoy aquí encerrado la vida sigue y el sol sigue saliendo. Me voy a romper y nadie se dará cuenta, porque será por partes, por pequeñas partes, casi tan invisibles que costará que la gente las vea. Me habré de romper, no será la primera vez, pero esta puede ser la definitiva. Me rompo cada que asomo la cabeza y quisiera encontrar el mar, escuchar las olas, pero con lo que me topo son tan solo calles vacías. Me voy a seguir rompiendo, porque batallo conmigo, porque me cuesta aceptar esta nueva realidad, porque me niego a creer que de ahora en adelante es como estamos viviendo… a la distancia, en plena distancia, ¡qué pena!, que amarga me sabe la primavera.

Con el tiempo uno termina haciendo más… para acabar haciendo menos…

Es casi inevitable, no hay forma de vencer al tiempo, nos vemos una vez y otra vez tratando de recordar lo que fuimos, lo que hemos sido para llegar a este camino. Y de repente, en forma de flashazos, se nos llena la mente de recuerdos y en esos recuerdos encontramos las razones y todo cobra un sentido. Hacemos más… más por cuidarnos, por aferrarnos a la versión de lo que un día fuimos, dejamos de comer esto, de comer aquello, nos esforzamos más, sometemos al cuerpo a procesos largos y dolorosos muchas veces, se nos cansa el cuerpo, la voluntad y las ganas, pero nos obligamos a encontrarla en algún rincón, ese lugar donde un día olvidamos que debimos ser felices. Es cierto, con el tiempo hacemos más tan solo para terminar haciendo menos, menos felices, más angustiados, menos plenos, más obligados, menos de todo, más de nada… no existe fórmula mágica y quizá nuestro mayor enemigo es el espejo, al que no siempre podemos sostenerle la mirada, pero lo intentamos. Salimos a cal...

¡Feliz 2020 para mí!

Este 2020 me propuse no correr, ni por ti, ni por nadie, ni siquiera por mi instinto, ni tampoco por atender mis necesidades efímeras de verme reflejado en tus ojos de vez en cuando. Me propuse regalarme la paz, la misma que contemplo cada que me encuentro con el mar y me dejo arrullar por las olas del mar. Me propuse ser, pero para ser, muchas veces hay que calmar a ese demonio interno, esas cosquillas que te confunden, el ruido exterior y el eco de los años que no me abandona. Me propuse estar para mí, para hablar conmigo, para abrazarme, para escucharme, para conocerme otra vez y comprender que este mundo no deja de girar. Este 2020 quiero disfrutar la paz que durante tanto tiempo he construido, bailar, bailar hasta el amanecer, hasta que las piernas ya no puedan más, hasta que llegué a la cama y me encuentre cansado y cierre los ojos para despertar en el atardecer. Quiero reír, fuerte, claro, hasta que me duelan las costillas. Ya no es tiempo, ya no hay tiempo para la...

Hace tiempo fuimos...

No te culpo por confundirte con el pasado de vez en cuando, te cuestiono que te aferres a lo que fuimos en un intento desesperado. Es cierto, fuimos grandes, invencibles y fuertes, fuimos felices y compartimos alegrías, miedos y desasosiegos hasta que un día nos alcanzó el tiempo y nos encontramos con el destino que nunca nos imaginamos. ¿Te acuerdas de aquella noche?, sí, justo aquella noche fría y obscura, los dos andando por la calle, con nuestro paso desganado y buscando formas de matar el tiempo para no decir lo que ya sabíamos, eran tiempos sensibles y sin nada me viste y me dijiste “tienes que entender que yo ya no te quiero”, así sin más, aunque sería tonto y falso decir que me tomó por sorpresa, me tomaste por sorpresa tú, la facilidad con la que me hacías ese reclamo y soltabas la súplica “tiene que entender que yo ya no te quiero”. Pues bien, lo entendí, entendí que tus ojos ya no me miraban y tus manos ya no me tocaban, que ya no respondías a mi llamado, cierto, f...

Al dar la vuelta ...

No tomes el camino más corto, tarde o temprano llegarás a tu destino, atrévete a andar por rumbos desconocidos y distancias largas, déjate sorprender por el trayecto, aprecia la vista y disfruta los momentos de calma, no te niegues a ser despertado por una ligera lluvia y busca un refugio para aquellas tormentas que te encuentres en el recorrido. Piensa, imagina, sueña, que esto a veces es casi igual que pedir una dirección, recorre cada ruta, reconoce cada calle, busca una esquina y observa, aprende a querer aquellos que han estado antes que tú, has tu propio espacio y cuenta tu propia historia, siempre hay tiempo, no pienses en aquellos que ya estuvieron, ni tampoco en los que vendrán con el tiempo, aprópiate de una pared y llénala de pensamientos, úsala como un lienzo, pinta, vierte en ella cada gota de tu esencia. Imagina que, al llegar a ese punto, a ese preciso momento en que des la vuelta te encontrarás a ti mismo, con una versión renovada, no le temas a lo que ya has ...

¡Qué mierda!

Y pensar que todo pudo haber sido mucho más sencillo, si tan solo hubiéramos hablado más claro, y no tan alto, porque a veces eso es lo que se confunde en esta vida, creemos que si alzamos la voz nos entienden más, nos prestan más atención, y es que yo no supe explicarte lo que pasaba por mi cabeza, pero tú tampoco supiste entender la tristeza infinita que habitaba en mi corazón. Mientras espero que vengan a por mí, recorro por última vez el departamento que nos albergó durante tanto tiempo, te parecerá simpático pero vacío se ve mucho más grande, pero también mucho más triste, ¿puedes creerlo? Todavía más triste, mucho más que nuestros últimos días acompañadas de esas noches llenas de silencio para no decir más cosas que terminarían por herirnos. Tengo un pasaje a un nuevo destino, te lo dije, te lo dije una vez “me terminaré yendo” y te lo dije con una sonrisa y te lo repito hoy, lo he logrado, podría decirse que tengo las ganas de volver a empezar, pero lejos, en un luga...

Se llamaba necedad

Hoy lo veo de una forma más clarita, un poco más nítido, sin tantas vueltas y ya no es necesario poner pretextos. Hoy comprendo que lo nuestro se llamaba necedad, puede que sí, nos quisiéramos demasiado, pero al mismo tiempo nos dominaba el egoísmo, tú querías las cosas a tu manera, y yo tratando de seguir tu paso apresurado y firma, como un perro fiel, siempre la mascota fiel. No supimos esperar y entender que las mejores cosas son aquellas que se llevan tiempo, nos comieron las ganas, la ansiedad, la desesperación, nos comimos tú y yo, tú a mí, yo a ti, se nos olvidó que quizá vendrían días un poco más largos, noches más obscuras y tormentas que golpearían nuestro hogar sin dar tregua a la paz. Entonces levantaste la voz y yo corrí a esconderme, lo admito comencé a tenerte miedo, miedo a encontrarte, miedo a desencontrarnos, a no coincidir, a no entender y sobre todo que no hubiera lugar para comprender. Nos convertimos en extraños compartiendo el mismo cielo, el mismo aire...