Con el tiempo uno termina haciendo más… para acabar haciendo menos…

Es casi inevitable, no hay forma de vencer al tiempo, nos vemos una vez y otra vez tratando de recordar lo que fuimos, lo que hemos sido para llegar a este camino. Y de repente, en forma de flashazos, se nos llena la mente de recuerdos y en esos recuerdos encontramos las razones y todo cobra un sentido.

Hacemos más… más por cuidarnos, por aferrarnos a la versión de lo que un día fuimos, dejamos de comer esto, de comer aquello, nos esforzamos más, sometemos al cuerpo a procesos largos y dolorosos muchas veces, se nos cansa el cuerpo, la voluntad y las ganas, pero nos obligamos a encontrarla en algún rincón, ese lugar donde un día olvidamos que debimos ser felices.

Es cierto, con el tiempo hacemos más tan solo para terminar haciendo menos, menos felices, más angustiados, menos plenos, más obligados, menos de todo, más de nada… no existe fórmula mágica y quizá nuestro mayor enemigo es el espejo, al que no siempre podemos sostenerle la mirada, pero lo intentamos.

Salimos a calle y pintamos una sonrisa, una que diga “mira lo he logrado”, pero en casa, ocultamos la mirada que dice “siempre se puede un poco más”, como ese simple recordatorio de que no hay tortura suficiente para entrar en ese molde en el que nadie puede entrar. Son las batallas que vivimos en silencio, son las lágrimas que dejamos escapar en silencio y que luego, torpemente tratamos con nuestra mano, sorbiendo los fluidos que se nos escapan, tan solo para salir de ese rincón obscuro buscando una luz… una luz que a veces nos guía y otras muchas, tan solo nos ciega.

Cierto, con el tiempo uno termina haciendo… para acabar haciendo menos

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