¡Voy a saltar de la cornisa! (uno de hace mucho tiempo)
A mí el corazón no se me rompió cuando te fuiste, sino cuando pretendiste volver. Así, sin más, como si apenas te hubieras ido ayer y en ese tiempo nada hubiera pasado. Nos separamos en agosto, yo ni siquiera me atreví a pronunciar él o yo, sabía la respuesta y mejor decidí ahorrarme ese mal momento, entonces simplemente dije adiós y me fui.
Durante mucho tiempo logré navegar en aguas mansas, ir y venir, sumergirme en aguas profundas y no sentir que me faltaba el aire. Recuerdo mucho la vez que me dijiste que te ibas a casar y que decías que preferías que yo me enterara por ti, que por alguien más, bueno, ni siquiera eso me reventó, con toda la tranquilidad del mundo dije, solo espero que firmes un prenupcial.
Había noches en que me costaba conciliar el sueño y hacía el tonto acostado en la cama. Nuestras diferentes vidas, nuestras diferentes edades fueron el puente que en cierto momento nos unieron, pero también el salvavidas que nos salvaron, una vez que nos separamos fue como que si ambos, uno del otro, hubieran desaparecido por completo, apenas nos habíamos convertido en un recuerdo, en algo que se había vivido y se suele recordar con añoranza, con ganas de que no se hubiera terminado, pero que de alguna forma sabemos que no ha de ocurrir nunca más. Estar con alguien, tomó otro significado, porque uno está en la parte física, uno está para llenarle de besos y de momentos en que dos cuerpos se mezclan y se reciben con ganas, ¿instinto?, ¿furia? O simplemente el placer de sentir que uno puede seguir, al menos en el sexo te pude borrar, pero el resto del día te me venías a la mente, pero yo sonreía o al menos eso trataba, yo no te lloraba y así, una noche de la nada recibí una llamada tuya, querías verme, como en los viejos tiempos, cuando solías mandarme un mensaje que decía, ya estoy en casa, y yo salía, a veces corriendo, otras tantas con calma fumándome un cigarro, no te ibas a casar, te habías dado cuenta que conmigo estabas mejor y que querías estar conmigo, fue justo ahí donde me di cuenta que yo tenía un corazón roto, uno bastante orgulloso par aceptar que lo habían lastimado, porque yo quise ser tu amigo, cuando tú propusiste que fuéramos solo amantes y luego nos confundimos y mezclamos nuestras actividades casuales y nos decíamos buenas noches y nos abrazábamos al amanecer.
Fui feliz porque no te ibas a casar, pero fui un tanto triste reconocer que este corazón roto y hecho mil pedazos, tampoco podía volver, era un tanto tarde, se nos había hecho tarde y no había forma de regresar. Entonces, por fin, llegaron esos tiempos en que las noches no tienen fin y no porque andes de fiesta, sino porque simplemente no puedes ver el sol y tampoco contar las estrellas. Noches de insomnio con la cabeza recargada en la pared, tú pidiendo volver y yo buscando razones para no ceder. Me falta el aire, me tiemblan las piernas y me ataca el vértigo, tú tocando a la puerta, con la seguridad de que voy aceptar, porque siempre había sido así, porque yo nunca he necesitado más.
Qué fácil hubiera resultado volver, nos faltaba tan poquito para haber sido felices y que nuestra historia tuviera otro final, pero los dos, tú y yo, ambos, tenemos una obsesión por inclinarnos hacia la destrucción, por eso funcionábamos bien, porque nos gustaba simplemente dejarnos ir y estrellarnos contra la pared, ¡siempre se puede más!
Mi vida no se detuvo, no todo el tiempo hubieron lágrimas, ni momentos que traté de olvidar, cierto, me sumergí ya no solo en aguas profundas, sino en aguas obscuras, conocí una parte de mí que no sabía existía, la parte de destruir lo que quedaba, lo que quedaba de mí en ti y de ti en mí, de ahogarte, de que supieras que después de ti hubo más, demasiado, a veces ya solo por el simple placer de acumular y que supieras, que yo también soy capaz de revolcarme y no tener que pensar en ti. No te encontré un reemplazo, te encontré varios, nuevas promesas y otras ilusiones, pero también otras tantas decepciones, volver a la cama, cerrar los ojos y a veces pensarte, imaginarte junto a mí y luego tan sólo decirte nuevamente adiós.
Vivir con un corazón roto, es vivir a tientas, pisar con cuidado, no vaya a ser que con mi tan mala suerte acabe pisando una mina y todo termine por explotar y reventarme en mil pedazos. Para mí tener el corazón roto, no era más que un pretexto para hacer un poquito más grande esa herida que traía arrastrando desde hace un par de años, pararme al borde de la cornisa y convencerme que quizá hoy sí, hoy sí tenga las fuerzas para brincar. No, no todo fue malo, hubo días buenos, tener el corazón roto me permite escribir con más soltura, de forma más honesta y un tanto más trastornada, pero los demonios se exorcizan y yo exorcicé los míos una vez que reconocí que no podía respirar y supe, que igual que como los arboles pierden todas sus hojas, yo debía de alguna forma perder todos tus recuerdos y puse miles de kilómetros de distancia entre tú y yo, me obligué a recomenzar una vez más, en un lejano lugar.
El corazón es como el hígado, dos órganos humanos que tienen la capacidad de curarse solos, pero necesitan tiempo, calma y ponerse en paz, necesitan conectarse con el resto de tu cuerpo y aprender a disfrutar los silencios y las noches con insomnio. Comprender que el tiempo humano es una medida que no siempre responde a las necesidades de nuestro corazón, que también se vale cerrar los ojos a medio día y despertar en medio de la noche y uno sonríe, muchas veces uno sonríe, aunque sea fingida, pero con el tiempo y con el espacio, en algún momento volverás a escuchar como late ese corazón y como se vuelve a llenar de emoción, entonces la sonrisa dejará de ser fingida y sabrás que uno salta de la cornisa no para reventarse, sino tan solo para seguir volando.
Comentarios
Publicar un comentario