Duele...
Duele…
siempre duele, no como aquella primera vez, no como esa última vez, pero duele.
A veces duele hasta respirar y entonces uno se toma un momento para centrar su
mirada en un punto lejano, tan solo para convencerte que el camino no se ha terminado.
Duele como cuando te caías de niño y veías la sangre brotar de la herida, entonces
buscabas consuelo y pedías alivio y alguien ponía su mano sobre la herida y te
decía que todo iba a estar bien…duele.
Es cierto,
es complicado, resulta mucho más difícil que alguien hoy pueda poner su mano
sobre esta herida, porque es profunda, tan profunda como el mar y a veces creo
que tiene la inmensidad del universo, pero duele porque sé que también eso es
mentira. Duele saber que con el tiempo serás recuerdo, apenas una bocanada de
aire de aquello que fuimos y que en el último momento decidimos no queríamos
ser.
Y caemos en
la trampa y nos convencemos de que hubiera sido más sencillo que aquella tarde
hubiéramos optado por tomar la derecha y quizá no nos hubiéramos encontrado,
pero también a veces creo, que, si algo duele, no tiene que ver contigo, ni
conmigo, sino con todo aquello que hemos vivido en el pasado y que nos ha hecho
llegar cansados a un punto muerto, a un puto perdido.
Duele saber
que el tiempo hará lo suyo y que con el tiempo nos llegará el olvido, que no
habrán más espasmos de desesperación, ni noches sin final, duele saber que en
este camino nos habremos de volver a encontrar, nos vamos a sonreír y de cierta
forma vamos a recordar todo aquello que sabremos guardar.
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