Siempre fui de casa
Las mejores cosas de mi vida sucedieron en casa, pero las peores cosas de mi vida también ocurrieron en el hogar, como la muerte de mi padre, que volvió mi lugar seguro en un lugar lleno de melancolía con tintes de recuerdo. Gracias a que la memoria no me falla, recuerdo como si fuera ayer el olor a tierra mojada después de llover, la sensación del pasto recién podado y como el cloro de la alberca impregnaba mi cuerpo cada atardecer.
Recuerdo que mientras muchos de mis compañeros les emocionaban salir de casa, a mí estar en la mía me daba paz, me permitía ser quien fui desde que nací, podía inventar mil mundos que invadían cada rincón y que cobraban vida en cada habitación, fue ahí donde aprendí a dejar volar la imaginación.
Mi casa muchas veces fue el punto de reunión, para lo bueno, lo malo y de lo que no se puede hablar, ahí prendí mi primer cigarro y probé el tequila por primera vez. Vinieron mis abuelos cuando enfermaron, fue el lugar donde mis padres nunca se separaron y al que vuelvo de vez en cuando para ser yo otra vez, mi casa cobra una vida especial en cada navidad con un árbol de más de dos metros que se ha vuelto parte de la exigencia de todos.
Lo que aprendí en mi casa me hizo construir un hogar, cuando me tocó elegir hacer el mío me resultó sencillo, quería tener lo que tuve alguna vez, lo que siempre he tenido. Mi casa hoy es otro lugar seguro, un hogar lleno de amor, también aquí han ocurrido cosas malas, como la noche que tuve que irme al hospital, pero aquí fue donde sané.
Es un punto de reunión, es un lugar que siempre está abierto para mis amigos, un lugar desde donde me gusta ver la vida pasar.
Alguien alguna vez me dijo que a donde vaya, yo sé hacer un hogar, para ser sincero no puedo imaginar una vida sin que tengas un rincón que te proteja del sol, que te deje disfrutar la lluvia sin tener que mojar los pies y que cada noche te preguntes, mañana, ¿qué voy a hacer?
Gracias, papás.
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