Uno de esos días con sabor un tanto amargo.


Hoy es uno de esos días, de los que me saben un tanto amargos, ni siquiera tengo una razón clara para estarlo, simplemente así termino el día, con un sabor agridulce en mi boca y la sensación de que el mundo está girando y yo me encuentro atascado.

Sé que probablemente este sea el ejercicio más grande de paciencia al que me he enfrentado, digo, al que nos hemos enfrentado. Un ejercicio de resistencia, de adaptación, de abrazar el cambio, de asumir el reto, de continuar en el camino, de saltar los obstáculos y todas esas cosas que en terapia durante años he escuchado.

Pero resulta mucho más complicado no saber cuándo, ni siquiera tenerlo claro y es que mientras más cerca uno piensa que está, también de la nada nos vamos alejando. Sí, es cierto, el tiempo siempre ha sido una trampa con la que vivimos obsesionados, lo más curioso, es que el tiempo es otra de las invenciones que hemos creado para tenernos controlados.

Qué día, qué día tan largo, qué día donde siento que tengo fiebre, pero puede ser una simple calentura por el encierro, porque estoy lejos de todo, porque vivo en un castillo, porque vivo en una torre y porque fantaseo que alguien vendrá a salvarme, vendrá a salvarnos, porque a veces me sorprendo pidiendo ser de esos que no creen y no se complican.

Tengo prisa, la misma de todos, la misma que nos dice que no tenemos el tiempo suficiente para perderlo, pero tengo confianza que esto es como una inversión para salir un poquito más fuerte, para no pisar en falso, para no resbalarme en la banqueta, para que no me sorprenda la lluvia. ¿Lluvia?, a ti también te extraño.

Quizá mañana sea otro día y ojala este cuento también terminé como aquellos, ya sabes, con el final donde todos son felices y viven para siempre.

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